
Elogio de la radicalidad
El título de esta entrada (Elogio de la radicalidad) viene a colación de una reflexión sobre cómo el pensamiento ultraliberal nos ha infectado con su acepción negativa de lo que es radicalidad o ser radical
Opinión23 de noviembre de 2025 Antonio Morales
Una acepción peyorativa para condenar a gente al ostracismo, para negar contratos de trabajo, saludos a personas, para que no votes a una determinada opción política que se preocupa en defender los servicios públicos o intervenir el mercado de la vivienda para protegerla como un derecho y no como un bien de mercado etc. Se usa el término radical como forma de despreciar a alguien que intenta llegar a la raíz de las cuestiones que se abordan en un debate y no quedarse en lo superficial. A esto se le llama anatematizar a alguien, estigmatizarlo por querer abordar una situación de manera profunda y coherente, atajando el problema que se trate en su origen y no solo el síntoma maquillando, por tanto, el resultado con medidas cosméticas. Se le llama radical a alguien que es de izquierdas, claro está porque la derecha, en su concepción neoliberal de la vida, no ataca de raíz ninguna causa que pueda afectar a un problema común sino, al contrario, va a perpetuar el estatus quo mediante las acciones de acoso y derribo del contrario en distintos escenarios. O sea, provocando que la sociedad entre el hartazgo y la desafección para que las opciones de extrema derecha ganen la batalla y si pueden, también, la guerra total contra la misma sociedad que les vota. Entonces se pone en marcha la maquinaria del fango “cultural” mediante la apropiación de los términos haciendo una auténtica obra de ingeniería lingüística para poder darle la vuelta a los significados auténticos, genuinos, reales de los conceptos. Esto es lo que ocurre, en el caso presente, con los vocablos relacionados con radicalidad como ser radical o radicalismos para lo cual esa máquina utiliza a sus altavoces mediáticos (y en España, como en el resto de países, tenemos un montón de medios y pseudoperiodistas al servicio de la ignorancia) de forma que se usa para decir que alguien es una persona exaltada, iracunda, que no sabe guardar el equilibrio, que ha perdido el norte y no sabe lo que expresa. En fin, cualquier calificativo menos el que realmente debiera de esa persona que intenta ir a la raíz del problema. Claro que está que, también, se utiliza para definir al exaltado de extrema derecha que, sin propuesta alguna más que echar a migrantes, bajar impuestos a los ricos, potenciar las cofradías o inyectar dinero para la tauromaquia, va a hacerte la vida imposible como buen escuadrista matón del fascismo rampante en nombre, por ejemplo, de una mierda de unidad de España que es ficticia desde cualquier punto de vista. Pero, para eso, hay que leer, estudiar historia y de eso ya las neuronas de esta gente dan para poco. Por tanto entiendo que, desde la lógica más racional o intelectual, y atendiendo a su etimología hay que defender la radicalidad como una propuesta de vida, como una forma de progresar en lo humano más allá de lo económico, como una forma de impulsar la evolución individual y colectiva y subir peldaños en el escalón evolutivo abandonando viejos patrones culturales. Díganme, si no, cómo acabamos con las actitudes patriarcales que infectan a la sociedad en todas sus estructuras o cómo acabamos con las injusticias sociales que genera la enorme brecha social entre quienes tienen y quienes no, entre el norte global y el sur global, cómo acabamos con situaciones de violencia física y psicológica, por ejemplo, contra colectivos vulnerables o desfavorecidos sea por motivos étnicos-culturales, de condición sexual o de otra índole como ser pobre. Desde luego, si echamos mano nuevamente a la trayectoria histórica, con medidas tibias, de maquillaje, timoratas o superficiales seguro que no. Los problemas de origen o base siguen existiendo aunque se aborden determinadas cuestiones que la sociedad va engullendo más o menos como, por ejemplo, el matrimonio igualitario entre personas del mismo sexo, la muerte asistida por propia voluntad, el aborto, los derechos de las minorías étnicos-culturales o de las personas transgéneros, los derechos de la mujer en plenitud de igualdad con el género hombre etc. Sólo se puede acabar con las desigualdades con radicalidad en su verdadera acepción del vocablo. Si no sabes el origen de una enfermedad rara vez se podrá curar de forma fiable la misma. Se podrá paliar pero no sanar profundamente.
Hacer, pues, un elogio de la radicalidad es poner las cosas en su sitio, es decir que ya está bien de manipular el lenguaje que, también, tiene un sesgo de clase e ideológico. Y creo que con algunos ejemplos puestos aquí he demostrado ese sesgo, porque qué quiere decir que tú no tienes ideología, que no eres ni de derechas ni de izquierdas o que no entiendes o te metes en política. Quiere decir que contigo han ganado, inicialmente, la batalla cultural del concepto, del vocablo, del lenguaje y de las ideas alejándote del bien común para individualizarte, encapsularte en tu maravilloso mundo del mago de Oz. Pero eres, por si no lo sabes, un peón de la derecha sociológica, un peón al servicio del poder que, incluso, no se presenta a las elecciones pero que maneja los hilos invisibles de la vida de la gente mediante sus altavoces múltiples que arrancan en la escuela infantil, continúan en la primaria y secundaria, se agarran como una lapa en el bachillerato y se encostra en la Universidad si eres capaz de llegar. Si no atajamos el problema desde la educación más allá del ámbito escolar para ir al familiar, entonces no estamos mirando con radicalidad el asunto en cuestión como, por ejemplo, puede ser esa actitud patriarcal de la que comentaba antes y que infecta a toda la sociedad. Si un edificio no tiene base tampoco tendrá altura porque no se podrá construir y todo lo que se emprenda será levantar una figura de arena que se lleva el viento al primer envite. Esta sociedad carece de radicalidad porque opta por creerse la basura intelectual de determinados medios y personajes, auténticos peones del sistema, porque prefiere mirar para otro lado cuando hay una desgracia colectiva en lugar de implicarse activamente en combatirla en su base, porque prefiere lo superficial a lo profundo. A partir de ahora, espero, que si te llaman radical que sea por buenas causas de las que iré dando cuenta en este espacio desde esta perspectiva de radicalidad. Acompáñame en este viaje que, también, es tuyo porque es el viaje de la vida misma.


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