
Los candidatos de Trump en la región iberoamericana

En Colombia, el abogado de derecha, Abelardo De la Espriella, “el tigre” que se presentó por el partido Defensores de la Patria, se declaró por la noche ganador de las elecciones, a partir del preconteo preliminar, que le daba una ventaja de menos de un punto. Por su parte, Iván Cepeda, que se presentó por el Pacto Histórico, reconoció el preconteo como un primer dato que no es oficial ni vinculante, a la vez que manifestó impugnar 33.000 mesas en todo el país. Mientras tanto, el presidente Gustavo Petro “denunció una presunta injerencia externa israelí en el proceso electoral de su país, para modificar los resultados y darle la ventaja al candidato conservador, Abelardo de la Espriella. Existe evidencia de un cambio de direcciones IP de varios servidores de la Registraduría Nacional”, expresó ayer a la prensa.
Mientras no están procesados todos los datos, Trump expresó: «Lo apoyé. Estaba en el décimo lugar. Lo apoyé y ganó las elecciones», dando por afirmada la victoria electoral.
El conteo está reñido en cantidad de votos, lo mismo que en Perú, la diferencia de votos con Roberto Sánchez, que la mantiene arriba a la candidata de la élite de derecha, Keiko Fujimori, es ínfima. El conteo definitivo no termina, a más de dos semanas de las elecciones, no solo por el sistema de conteo del país, sino también por las denuncias de irregularidades, sobre todo, en el voto extranjero, donde da la mayor ventaja a Fujimori.

Con elecciones muy reñidas y con porcentajes altos de votos en blanco, estamos viendo el ascenso de líderes en la región que combinan ―en algunos casos― nacionalismo, crítica a las élites tradicionales, liberalismo económico, conservadurismo cultural y una fuerte presencia mediática. Rodrigo Paz en Bolivia, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia. Lo que acaba de ocurrir en el país cafetero forma parte de un fenómeno más amplio que tiene que ver con la expansión de una nueva derecha continental cuyo apoyo, pero también cuya referencia política, cultural y simbólica es, en gran parte, Donald Trump.
En la elección colombiana, el respaldo público de Trump al candidato vencedor no fue un gesto protocolar, sino una señal política; el presidente del norte comprendió que Colombia se había convertido en uno de los escenarios donde se disputaba el futuro ideológico de la región. La pregunta relevante no es por qué Trump apoya a determinados candidatos latinoamericanos, sino por qué cada vez más sectores sociales latinoamericanos encuentran atractivas las ideas asociadas al trumpismo.
La explicación habitual sostiene que se trata de una reacción conservadora frente al avance del progresismo. Esa interpretación contiene una parte de verdad, pero resulta insuficiente si contemplamos además la crisis de representación que afecta simultáneamente a las izquierdas tradicionales, a las derechas liberales y a las instituciones políticas. El método Trump parece explicarlo también. Washington comenzó a abandonar la tradicional neutralidad frente a los procesos electorales latinoamericanos para involucrarse de manera más explícita en la disputa ideológica regional. El objetivo ya no es únicamente sostener gobiernos aliados en términos geopolíticos, sino favorecer la consolidación de dirigentes identificados con una agenda conservadora, soberanista y crítica del progresismo continental.

En las elecciones legislativas de 2025, Trump manifestó en reiteradas ocasiones su respaldo a Javier Milei y a La Libertad Avanza, presentando al gobierno argentino como uno de los principales aliados de Washington en el hemisferio occidental. No se trató únicamente de una afinidad ideológica. Desde la perspectiva de la Casa Blanca, Milei representaba la posibilidad de consolidar en América Latina un bloque político favorable al libre mercado, crítico del progresismo y alineado con la agenda estratégica estadounidense frente al ascenso de China. El apoyo explícito de Trump buscó fortalecer la legitimidad internacional del oficialismo argentino, pero también enviar una señal al resto de la región. En Honduras, Trump también manifestó su preferencia por el candidato opositor Nasry Asfura durante la campaña presidencial, presentándolo como una alternativa capaz de revertir el deterioro institucional y la expansión de las redes criminales en Centroamérica.
Para el trumpismo, la batalla política latinoamericana ya no constituye un asunto periférico, sino un frente central dentro de una disputa ideológica de alcance continental. El fenómeno que hoy observamos en países como Colombia, Honduras o Argentina tiene raíces que se remontan al ciclo político inaugurado por Trump y Bolsonaro a finales de la década de 2010.
La relación entre Trump y Jair Bolsonaro constituyó, de hecho, uno de los antecedentes más importantes de esta convergencia continental. Durante años, ambos dirigentes construyeron una alianza política e ideológica basada en la defensa de valores conservadores, la crítica a las élites globalistas y la utilización intensiva de las redes sociales como herramienta de movilización. Aunque Bolsonaro ya no ocupa la presidencia, su experiencia contribuyó a consolidar una matriz política que posteriormente sería retomada, con matices propios, por diversos líderes de derecha en América Latina.
El votante que apoya a Trump en Estados Unidos, a Milei en Argentina o a De la Espriella en Colombia no necesariamente comparte un programa ideológico coherente. Lo que comparte es una sensación de agotamiento frente a las élites gobernantes. La inflación, la inseguridad, el estancamiento económico y la percepción de que las clases dirigentes viven desconectadas de las preocupaciones cotidianas generan un terreno fértil para figuras que se presentan como outsiders o como enemigos del establishment.
El trumpismo es una gramática política global, sus elementos centrales aparecen una y otra vez en contextos nacionales muy distintos que incluyen crítica a los medios de comunicación tradicionales, desconfianza hacia los organismos internacionales, defensa de la soberanía nacional, oposición a ciertas agendas culturales progresistas y una utilización intensiva de las redes sociales como herramienta de movilización. La paradoja es que esta nueva derecha emerge precisamente cuando la globalización atraviesa una fase de crisis. Durante los años noventa, se asumía que la integración económica conduciría inevitablemente a una convergencia política y cultural. Treinta años después, el resultado parece haber sido el contrario, la interconexión global ha fortalecido identidades nacionales, conflictos culturales y demandas de protección frente a los efectos disruptivos de los mercados globales.
Frente a problemas estructurales persistentes como el bajo crecimiento económico, la fragmentación social, el deterioro de la seguridad pública y la debilidad institucional, los discursos que prometen orden, eficiencia y ruptura con las élites encuentran una audiencia receptiva. De la Espriella debe interpretarse desde esta perspectiva, representa un síntoma de una transformación regional, la derecha latinoamericana ya no busca parecerse a la centroderecha liberal de los años noventa. Sus nuevas referencias son otras: Trump en Estados Unidos, Milei en Argentina y una serie de liderazgos que cuestionan los consensos políticos construidos durante las últimas décadas. No necesariamente esto es una internacional conservadora perfectamente coordinada, las diferencias nacionales siguen siendo profundas, pero sí existe una circulación de ideas, estrategias comunicacionales y narrativas políticas que conecta fenómenos aparentemente dispersos.
La cuestión de fondo es si esta nueva derecha logrará transformarse en un proyecto de gobierno duradero o si, como ocurrió con otros movimientos antisistema del pasado, terminará siendo absorbida por las estructuras que prometía combatir. Esa es la incógnita que atraviesa hoy a Colombia y, en buena medida, a toda América Latina.





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