
Felo Monzón: el trazo indigenista que dio rostro al alma canaria
Diego De La Nuez Machin
Su obra no solo representa una estética, sino una postura ética, política y cultural profundamente arraigada en la identidad del archipiélago. Pintor, docente, activista y pensador, Monzón fue mucho más que un artista plástico: fue un constructor de mirada, un defensor de lo autóctono y un agitador de conciencias.
Hay artistas que pintan paisajes, y hay otros que los encarnan. Felo Monzón no retrató Canarias: la interpretó, la defendió, la pensó. Su obra no se limita al lienzo, sino que se extiende como una raíz profunda en la conciencia cultural del archipiélago. Fue maestro, agitador, indigenista, y sobre todo, un hombre que entendió que el arte no es ornamento, sino territorio.
Nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1910, Rafael “Felo” Monzón Grau-Bassas se formó en la Escuela Luján Pérez, institución que marcaría su vida y a la que permanecería vinculado como alumno, profesor y director hasta su muerte en 1989. Su estilo evolucionó desde un expresionismo inicial hacia el indigenismo, movimiento que reivindicaba las raíces culturales canarias frente a la homogeneización peninsular. En los años treinta, exploró el surrealismo influido por la revista Gaceta de Arte, pero su compromiso político y social lo llevó a abandonar temporalmente la pintura tras ser encarcelado por su militancia de izquierda durante la Guerra Civil.
Felo Monzón no solo dejó obra, dejó discípulos. Su labor como docente en la Escuela Luján Pérez fue decisiva para formar generaciones de artistas que entendieron el arte como herramienta de identidad y resistencia. En 1984 recibió el Premio Canarias de Bellas Artes e Interpretación, reconocimiento que consolidó su figura como referente cultural. Pero más allá de los galardones, su influencia se mide en la coherencia de su pensamiento y en la vigencia de sus postulados: el arte como expresión de lo local, lo popular y lo auténtico.
Monzón defendía una visión del arte comprometida con su entorno. Rechazaba el academicismo vacío y apostaba por una estética que dialogara con la tierra, la historia y el pueblo. Su pensamiento se articulaba en tertulias, conferencias y publicaciones, donde reivindicaba la libertad creativa y el respeto a la personalidad del artista. En tiempos de censura y represión, su voz fue una de las pocas que se alzó desde el arte para hablar de justicia, memoria y dignidad.
Entre sus obras más emblemáticas destacan sus retratos de campesinos, sus composiciones abstractas con referencias arqueológicas y sus paisajes interiores donde la tierra canaria se convierte en símbolo. Su serie de figuras geométricas inspiradas en la cerámica aborigen y en los grabados rupestres es una síntesis perfecta de su estilo: sobrio, simbólico y profundamente conectado con la memoria insular. También destacan sus colaboraciones con arquitectos e interioristas, donde el arte se integraba en el espacio cotidiano como parte del paisaje emocional.
La obra de Monzón es inseparable del territorio. No pintaba paisajes, pintaba la memoria de esos paisajes. Sus colores terrosos, sus formas orgánicas, sus referencias arqueológicas y populares son una cartografía emocional de las islas. Su indigenismo no era folclorismo, era una forma de resistencia cultural. En sus lienzos, Canarias no es decorado: es protagonista.
Felo Monzón entendía el arte como herramienta de transformación. Su militancia política, no fue un paréntesis en su vida artística, sino parte de ella. Fundador del grupo LADAC (Los Arqueros del Arte Contemporáneo), impulsó la renovación estética en Canarias tras la posguerra, apostando por las vanguardias sin renunciar a lo local. Su compromiso con la justicia social, la educación artística y la memoria histórica lo convierten en un referente ético además de estético.
La implicación política de Felo Monzón fue tan profunda como su compromiso artístico. Militante del Partido Comunista durante la Segunda República, su activismo le costó la cárcel tras el estallido de la Guerra Civil. No se limitó a la militancia partidaria: también participó en movimientos sindicales y plataformas culturales de izquierda que defendían la autonomía canaria, la justicia social y la democratización del arte. Su vinculación con la Escuela Luján Pérez no fue solo pedagógica, sino también política: convirtió el aula en espacio de resistencia y pensamiento crítico.
Monzón concebía el arte como herramienta de transformación social. Su visión política se articulaba desde el indigenismo, pero también desde el antifascismo, el republicanismo y la defensa de los derechos populares. Rechazaba el arte decorativo y el academicismo vacío, apostando por una estética que dialogara con la tierra, la historia y el pueblo. En sus conferencias y escritos, reivindicaba la figura del artista como sujeto político, capaz de interpelar al poder y de construir memoria desde el trazo. Para él, pintar era también resistir.
El legado de Felo Monzón no se limita a sus cuadros. Está en la forma en que entendió el arte como construcción de identidad. Está en la Escuela Luján Pérez, que sigue siendo semillero de talento. Está en los artistas que, como él, creen que pintar es también pensar, resistir y recordar. Su obra es un archivo emocional de Canarias, un testimonio de lo que fuimos y de lo que aún podemos ser.
Hoy, cuando el arte corre el riesgo de convertirse en mercancía o espectáculo, la figura de Felo Monzón nos recuerda que pintar puede ser un acto de conciencia. Que el lienzo puede ser territorio, archivo y manifiesto.


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