
Eva Fernández: la pintora que abrió la puerta.
Diego De La Nuez Machin
El nombre de Eva Fernández debería ocupar un lugar de honor en la historia del arte canario, no solo por ser la primera mujer pintora reconocida del archipiélago, sino por haber desafiado con elegancia y firmeza los límites impuestos por su época. Nacida en La Orotava en 1911, su trayectoria artística se desarrolló en un contexto donde la visibilidad femenina en el arte era prácticamente inexistente. Sin embargo, Eva no solo pintó: expuso, viajó, evolucionó y dejó una huella que aún hoy se percibe en la obra de muchas creadoras contemporáneas.
Su estilo pictórico se caracteriza por una evolución honesta y coherente. Comenzó con una figuración intimista, centrada en retratos, escenas domésticas y paisajes canarios tratados con una sensibilidad luminosa y casi poética. En los años 60, influenciada por las corrientes abstractas y el grupo “Nuestro Arte”, se adentró en la abstracción sin perder su esencia: sus composiciones abstractas no eran ejercicios formales, sino atmósferas emocionales, construidas con una paleta sobria y una estructura meditativa. Más tarde, regresó a la figuración enriquecida por esa experiencia, logrando una síntesis entre forma y emoción que definió su madurez artística.
Su pensamiento artístico estaba profundamente ligado a la introspección y a la observación silenciosa del entorno. Eva no buscaba provocar ni impresionar: su pintura era una forma de meditación, una manera de entender el mundo sin estridencias. Creía en la autenticidad del gesto, en la honestidad del trazo, y en la capacidad del arte para revelar lo invisible. En sus entrevistas y escritos, defendía la idea de que el arte debía ser una extensión del carácter, no una máscara. Esa coherencia entre vida y obra es lo que la convierte en una figura profundamente respetada por quienes la conocieron.
Eva Fernández fue reconocida en vida, algo poco común para las mujeres artistas de su generación. En 1929 expuso por primera vez en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife, y en los años siguientes llevó su obra a Barcelona, París, Nueva York y Florida. Recibió el Primer Premio en la Exposición Regional de Bellas Artes de Las Palmas, una Mención Honorífica en Estados Unidos, y fue invitada a participar en muestras internacionales en Grand Central Art Galleries y Florida Southern College. Su obra fue seleccionada en varias ocasiones por jurados de prestigio, y su nombre apareció en catálogos junto a artistas consagrados. A pesar de ello, su figura fue relegada durante décadas, hasta que exposiciones retrospectivas y estudios feministas comenzaron a reivindicar su legado.
Entre sus obras más significativas destacan sus retratos de mujeres en interiores, donde la luz parece respirar sobre la tela, y sus composiciones abstractas de los años 60, donde el color se convierte en emoción pura. En ellas se percibe una transición honesta, una artista que no teme evolucionar sin perder su raíz. Su serie de acuarelas inspiradas en la arquitectura tradicional canaria es otro ejemplo de cómo lo local puede convertirse en universal cuando se aborda con profundidad.
El legado de Eva Fernández no se mide solo en lienzos, sino en puertas abiertas. Pintoras como Dácil Perdigón, Paula Calavera o Isabel Darias han reconocido la importancia de tener una figura como ella en el horizonte. Su influencia no es directa ni estilística, sino estructural: demostró que una mujer canaria podía ser artista profesional, exponer en el extranjero, experimentar con estilos y mantener una voz propia sin pedir permiso. En un ecosistema artístico que aún lucha por equilibrar visibilidad y mérito, Eva Fernández sigue siendo un faro silencioso, pero firme.



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