
Lía Tavío: la artista que bordó la modernidad.
Diego De La Nuez Machin
En una época en que el arte femenino apenas encontraba espacio en los salones ni en las páginas de las revistas, Lía Tavío (Puerto de la Cruz, 1874 – Las Palmas de Gran Canaria, 1965) tejió una trayectoria tan rica como silenciosa. Pintora, poeta, escritora, pianista y docente, su vida fue una sinfonía de disciplinas que se entrelazaban con naturalidad. Desde muy joven, recibió formación artística en la academia del pintor y fotógrafo Marcos Baeza, y más tarde en Madrid con el paisajista Serafín Avedaño. Su obra, sin embargo, no se limitó a los cánones académicos: fue una expresión íntima de sensibilidad, modernidad y compromiso cultural.
El estilo de Tavío se mueve entre el romanticismo, el costumbrismo y el modernismo, con una paleta que respira luz atlántica y una mirada que dignifica lo cotidiano. Sus óleos, acuarelas y dibujos revelan una artista que no buscaba el aplauso fácil, sino la verdad emocional. En sus retratos hay ternura, pero también firmeza; en sus paisajes, una atmósfera que parece susurrar historias. Su pintura no es grandilocuente, pero sí profundamente evocadora. Pintaba como quien escribe un poema: con ritmo, con pausa, con alma.
Su pensamiento artístico estaba marcado por una visión integradora del arte. Para Tavío, la pintura no era un ejercicio técnico, sino una forma de conocimiento. Tradujo textos sobre teoría del arte, como los capítulos del Grammaire des arts du dessin de Charles Blanc, y colaboró en revistas como Mujeres en la isla, La Atlántida y Gente Nueva. Su escritura, como su pintura, era clara, reflexiva y comprometida. En ella se percibe una mujer que no solo creaba, sino que pensaba el arte como herramienta de transformación.
La conexión de Lía Tavío con Canarias fue profunda y constante. Aunque vivió en Madrid y Cádiz, siempre regresó a las islas como quien vuelve al origen. En Las Palmas de Gran Canaria instaló su estudio, donde impartió clases de pintura, dibujo, piano y canto. Allí formó a jóvenes artistas como Jesús Arencibia, y convirtió su casa en un pequeño centro cultural. Su obra está impregnada de la luz, los colores y las formas del archipiélago, pero también de su historia y su gente. Pintó Canarias desde dentro, con conocimiento y con amor.
Como mujer artista, su papel fue pionero. En una sociedad que relegaba a las mujeres al ámbito doméstico, Tavío se abrió paso con talento y determinación. Expuso en la Exposición artística, histórica, industrial y comercial de Tenerife en 1894, y en los años cincuenta mostró sus óleos en Las Palmas. Fue redactora de La Mujer del Porvenir y colaboradora en múltiples publicaciones, donde defendió el papel de la mujer en la cultura. Su vida es testimonio de que el arte femenino no solo existía, sino que brillaba, aunque a menudo en silencio.
Entre sus obras más significativas destacan los retratos íntimos que realizó en su estudio de Medina Sidonia, donde coloreaba fotografías en blanco y negro con una delicadeza que convertía lo técnico en poético. También son memorables sus paisajes canarios, donde el Teide, los barrancos y las casas coloniales se funden en composiciones que respiran serenidad. En ellos, Tavío logra lo que pocos artistas consiguen: capturar no solo la forma, sino el alma del lugar.
Su legado es múltiple: artístico, intelectual y humano. Lía Tavío nos deja una obra que merece ser redescubierta, una vida que desafió los límites de su tiempo, y una lección que sigue vigente: que el arte no tiene género, pero sí memoria. Y que en esa memoria, su nombre debe ocupar un lugar de honor.


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