
Vicki Penfold: la flor que florece en la sombra
Diego De La Nuez Machin
En un siglo marcado por guerras, exilios y reconstrucciones, la figura de Vicki Penfold emerge como un testimonio de resistencia artística y humana. Nacida en Cracovia en 1918 bajo el nombre de Victoria Sandberg, su vida fue una odisea que atravesó campos de trabajo en Siberia, campamentos de refugiados en África y estudios de arte en Europa, hasta encontrar refugio definitivo en Canarias. Su trayectoria no es solo la de una pintora: es la de una mujer que convirtió el dolor en color, y el exilio en forma.
Penfold se formó en el Instituto de Artes Plásticas de Cracovia y fue alumna de Oscar Kokoschka en la célebre Escuela de la Visión en Salzburgo. Su estilo, profundamente figurativo, se nutre del expresionismo centroeuropeo y de la energía telúrica africana. Retratista incansable, supo captar la dignidad de lo cotidiano: mujeres africanas, gobernadores coloniales, poetas canarios, y hasta la Princesa Isabel de Inglaterra pasaron por su pincel. Su obra no busca la perfección formal, sino la verdad emocional. Cada trazo suyo parece decir: “esto es lo que vi, esto es lo que sentí”.
Su pensamiento artístico estaba marcado por una vida de exilio, hambre y guerra, pero también por una profunda fe en la belleza como refugio. Influenciada por sus maestros Homolacz y Kokoschka, defendía que la pintura debía capturar lo esencial, no lo decorativo. Para ella, el arte era “lucha, sosiego e intensidad espiritual”. Penfold no buscaba agradar: buscaba conmover. Prefería que su obra hablara por ella, y solía decir que “al público no le interesa su vida, sino su pintura”.
Su conexión con Canarias fue más que geográfica: fue emocional, casi espiritual. En Puerto de la Cruz encontró un hogar, un taller y una comunidad que la acogió como una de las suyas. Fue nombrada Hija Adoptiva del municipio en 2004, y su influencia se dejó sentir en generaciones de artistas locales. En su estudio, rodeada de arte africano y de sus propios lienzos, Penfold enseñaba sin dogmas, compartía sin pretensiones y pintaba con una libertad que solo se alcanza después de haberlo perdido todo. En Tacoronte impartió clases de pintura al natural, convirtiendo su espacio en un lugar de encuentro entre artistas locales y extranjeros.
Como mujer artista, su trayectoria es excepcional. En una época en que las mujeres eran relegadas al margen del mundo del arte, Penfold logró exponer en Kenia, Zanzíbar, Londres, París y Tenerife. Fue la segunda mujer en recibir un volumen propio en la Biblioteca de Artistas Canarios, y su vida es testimonio de que el talento no tiene pasaporte ni género. Su obra no solo desafió las convenciones estéticas, sino también las sociales. Pintó gobernadores coloniales y campesinas africanas con la misma intensidad, sin jerarquías, sin prejuicios.
Su estilo pictórico se caracteriza por una figuración sincera, de trazo expresionista y paleta cálida, donde cada pincelada parece cargada de memoria. Penfold no perseguía el detalle fotográfico, sino la esencia emocional del retratado. Sus obras muestran una energía telúrica, una mezcla de ternura e intensidad que transforma la materia en vehículo de expresión. En sus paisajes, como el célebre Paisaje con Teide al fondo, el color se convierte en protagonista: el amarillo vibrante, el azul profundo, el rojo contenido. La luz no se representa, se siente. Sus retratos, por otro lado, crean espacios irreales pero reconocibles, donde la dignidad del sujeto se impone al artificio. Pintaba como quien escucha: con respeto, con profundidad, con una mirada que no juzga, sino que revela
Entre sus obras más significativas destacan los retratos de mujeres africanas, donde la dignidad se impone al folclore. También son memorables sus lienzos dedicados al Kilimanjaro, una montaña que observaba desde su casa en Tanzania y que convirtió en protagonista de su pintura, como Cézanne con la Santa Victoria. En cada obra, Penfold persigue lo esencial: la luz, la forma, la emoción. Las series dedicadas a la dama de la noche, una flor que solo florece en la oscuridad, son quizás las más íntimas: en ellas, la artista parece reconocerse a sí misma, como una presencia delicada, nocturna y resistente.
Su legado es doble: artístico y humano. Vicki Penfold nos deja una obra sincera, valiente, profundamente espiritual. Pero también nos deja una lección: que el arte puede sobrevivir al exilio, a la guerra, al olvido. Que una mujer, sola, puede construir un universo entero con sus pinceles. Y que, en medio del ruido, aún hay espacio para la pintura que nace del alma.


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