
La nueva era nuclear ya está aquí. Y China será la gran beneficiada

Una mañana cualquiera, los sistemas de alerta temprana estadounidenses detectan un misil balístico intercontinental lanzado desde algún punto del Pacífico. Al principio se asume como una prueba rutinaria de Corea del Norte, pero el proyectil entra en órbita rumbo a Chicago. Con veinte minutos de margen y poca información para responder antes del impacto, las decisiones deben ser inmediatas. Cada segundo cuenta. Este escenario catastrófico de la película A House of Dynamite, dirigida por Kathryn Bigelow, muestra algo que puede pasar si no hay mecanismos de control entre potencias nucleares.
Los verdaderos mecanismos de control nuclear existían en gran parte gracias a tratados como el New START, que expiró el pasado 5 de febrero. Por primera vez desde el final de la Guerra Fría, Estados Unidos y Rusia ya no están obligados a limitar y hacer verificable el tamaño de sus arsenales, más allá de las líneas generales del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). No es sólo el fin de un acuerdo, sino del colapso progresivo de una arquitectura de seguridad construida durante décadas para evitar una guerra nuclear.
La expiración del New START no implica necesariamente una nueva carrera armamentista, pero sí introduce otro riesgo: que Estados Unidos y Rusia no sepan qué hará el otro en materia nuclear. Las dos principales potencias nucleares tendrán menos capacidad para anticipar escenarios futuros y prever los movimientos del adversario. A ello se suma el auge de China en los últimos años como tercera potencia nuclear. En un sistema internacional cada vez más fragmentado y competitivo, esta ausencia de reglas compartidas aumenta el riesgo de errores de cálculo, malinterpretaciones y escaladas no deseadas.
Estados Unidos y Rusia no apuntan a un rearme
Firmado en 2010 y prorrogado en 2021, el New START fue el último gran tratado de control nuclear entre Estados Unidos y Rusia. Este tratado limitaba las cabezas nucleares desplegadas y las lanzaderas para misiles enviados desde sistemas terrestres, submarinos y cazabombarderos, la llamada “tríada nuclear”. También incorporaba inspecciones y transparencia para conocer la capacidad de la otra parte. Ahora, en la práctica, Washington y Moscú podrían ampliar o modificar sus arsenales sin hacérselo saber al otro.
Sin embargo, ambas potencias no tienen incentivos claros para embarcarse en un rearme nuclear. El riesgo real es la erosión de la confianza mutua, que podría aumentar la incertidumbre y dificultar la gestión de la disuasión. Sin límites establecidos, inspecciones periódicas ni mecanismos de verificación mutuos, Estados Unidos y Rusia se adentran en una fase peligrosa en la que toman decisiones con menos información y más desconfianza. Esto facilitará posibles errores de cálculo que aumentan el riesgo de un impacto nuclear.

Por un lado, Washington parece centrar sus esfuerzos en modernizar más que en expandir sus capacidades nucleares. A su vez, promueve incluir a China en un nuevo tratado multilateral que limite los recientes avances en tecnología militar. Sin embargo, esa modernización está siendo más lenta de lo previsto. Los retrasos acumulados, las limitaciones presupuestarias y la falta de priorización política podrían afectar la ventaja de Estados Unidos frente a Rusia y, especialmente, frente al rápido crecimiento nuclear de China.
Rusia parte de una lógica distinta. El arsenal nuclear es clave en su estrategia de seguridad nacional, más aún ante el estancamiento en Ucrania: Moscú ha amenazado con usar armas nucleares como instrumento para disuadir y presionar a otros países. Además, la reciente actualización de su doctrina nuclear amplía sus escenarios para usar estas armas. De esta manera, el fin del New START podría llevar a Rusia a ampliar esta retórica con mayores despliegues o ejercicios nucleares. Pese a todo, su capacidad para expandir el arsenal está limitada por la inestabilidad económica, las sanciones que le restringen importar componentes tecnológicos y una base industrial que, aunque se ha fortalecido, no podrá sostener indefinidamente.
China: la gran beneficiada hacia un nuevo equilibrio
El auge de China como tercera potencia nuclear es una diferencia clave respecto a la Guerra Fría. Durante décadas, Pekín mantuvo un arsenal reducido, basado en el principio de disuasión mínima y en una doctrina pensada para sobrevivir a un primer ataque y responder proporcionalmente. Sin embargo, sus ambiciones y la creciente competencia global le han empujado a ampliar y modernizar su arsenal nuclear. Sin el New START para Rusia y Estados Unidos, Pekín tendrá incentivos para intensificar aún más esta tendencia.
China ya ha aumentado los presupuestos para construir nuevos silos, modernizar sus misiles balísticos intercontinentales y ampliar y diversificar su armamento nuclear. Estas políticas buscan reforzar su capacidad de disuasión y reducir su vulnerabilidad frente al resto de potencias nucleares. Pekín sigue detrás de Rusia y Estados Unidos en poder nuclear, pero ha reducido la brecha. En apenas un lustro, se estima que habría pasado de trescientas a cerca de seiscientas ojivas nucleares, y podría alcanzar las mil para 2030.

El Gobierno chino no parece dispuesto a someterse a límites ni controles de armamentos. La opacidad sobre sus fuerzas nucleares es total. Desde su perspectiva, aceptar límites y controles en plena expansión de su arsenal implicaría perpetuar su inferioridad frente a Washington y Moscú. Como consecuencia, un acuerdo entre las tres potencias para limitar las armas estratégicas es poco realista a corto y medio plazo.
La paradoja europea: seguridad nuclear sin proliferación
Quien se queda atrás es Europa. Durante décadas, la disuasión nuclear europea se ha apoyado en el paraguas de la OTAN. Sin embargo, el alejamiento de Estados Unidos con Donald Trump y el recrudecimiento de la amenaza rusa han reactivado debates que parecían superados. En este contexto, y pese a su arsenal limitado, Francia y Reino Unido han visto reforzado su papel en el continente. Al mismo tiempo, Alemania y Polonia lideran los impulsos para articular un sistema de disuasión nuclear europeo.
Sin embargo, estos debates se desarrollan en el marco vinculante del TNP, que prohíbe a los Estados no poseedores adquirir armas nucleares y limita cualquier transferencia o control compartido. Esto reduce el margen de maniobra para la disuasión nuclear europea. Al mismo tiempo, pone de relieve un doble rasero en el régimen de no proliferación. Mientras a estos países se les exige una contención estricta, las potencias nucleares reconocidas por el tratado han avanzado a medias en sus compromisos de desarme.
EL TRATADO DE NO PROLIFERACIÓN NUCLEAR

El reto para Europa no es sólo reforzar su capacidad de disuasión, sino hacerlo en los márgenes del TNP y de las divisiones entre Estados europeos. Si Rusia amplía su arsenal o su despliegue nuclear, dejaría al continente más vulnerable. A ello se suma la falta de una voz europea unificada e instrumentos propios para participar en las negociaciones por la estabilidad nuclear global. En este panorama más incierto, el futuro de la seguridad europea dependerá de una estrategia creíble, cohesionada y que respete las normas internacionales, y de que refuerce su papel en la toma de decisiones junto a las demás potencias nucleares.
Más aspirantes, mayores trabas
Aunque el TNP sigue siendo el eje del control de armas nucleares, lleva décadas siendo erosionado con menos controles y más desconfianza entre las grandes potencias. Ahora el fin del New START debilita el mensaje de contención que lo sustenta. Esto podría orientar a países como Arabia Saudí, Irán o Turquía a querer desarrollar armas nucleares como arma de disuasión o negociación contra sus adversarios geopolíticos. Sin embargo, la oposición de las principales potencias nucleares lo hace menos probable.
Por su parte, las potencias nucleares que no forman parte del TNP difícilmente aceptarán nuevos límites y controles. India y Pakistán han normalizado el arsenal nuclear del otro en un contexto de conflictos fronterizos recurrentes, aunque su recrudecimiento podría aumentar el riesgo de accidentes o escaladas. A su vez, Corea del Norte ha convertido su programa nuclear en un pilar de supervivencia del régimen. Y en Israel, que ni confirma ni niega que tiene armas nucleares, esa ambigüedad estratégica es clave para generar incertidumbre en Oriente Próximo y obligar a sus rivales a calibrar el uso de la fuerza.
LAS DETONACIONES NUCLEARES

A las limitaciones políticas y estratégicas se suman los retos materiales de una carrera armamentista. Construir armas nucleares sigue siendo complejo y costoso: exige acceso sostenido a materias primas como el uranio y el plutonio, e instalaciones capaces de manipularlos y enriquecerlos. En particular, la demanda mundial de uranio está creciendo por encima de la capacidad de abastecimiento, impulsada por el auge de la energía nuclear. Esto ha afectado a las cadenas de suministro y ha disparado el precio a máximos históricos. Además, en un mundo más conflictivo, las tensiones geopolíticas o las sanciones afectan cada vez más la dependencia de muchas economías de capacidades industriales externas.
Una carrera más rápida e incierta
En A House of Dynamite, un fallo en la comunicación y la planificación conduce a un escenario crítico imprevisto. Hoy estamos más cerca de ello. Los avances tecnológicos han dejado obsoletos los controles heredados de la Guerra Fría. Los misiles de largo alcance más precisos y letales, los sistemas hipersónicos y las nuevas lanzaderas no sólo amplían el potencial destructivo; también reducen el tiempo para tomar decisiones y aumentan la presión sobre los sistemas de alerta temprana, elevando el riesgo de escaladas accidentales.
La disuasión nuclear sigue siendo un pilar del orden internacional. Sin embargo, la irrupción de China, los desencuentros entre Washington y Moscú y los nuevos aspirantes nucleares han transformado un sistema bipolar en uno más complejo y con menos controles efectivos. En este nuevo contexto, la voluntad de alcanzar nuevos acuerdos será clave para reconstruir la confianza y garantizar la estabilidad nuclear. Un primer paso sería compartir información en foros internacionales como los promovidos por el TNP. Esto podría sentar las bases de un nuevo tratado que limite los arsenales estratégicos, incluya mecanismos de inspección y comunicación, y permita a las potencias coordinarse ante los riesgos de escalada.
La historia demuestra que la estabilidad nuclear no surge de la ausencia de conflictos, sino de reglas compartidas entre adversarios. Sin ellas, el mundo entra en una fase donde el riesgo no es necesariamente mayor, pero sí más difícil de gestionar. Por ello, alcanzar un nuevo consenso multilateral para controlar los arsenales estratégicos reduciría el riesgo de errores de cálculo o escaladas accidentales entre potencias nucleares. No es sólo un desafío técnico, sino una condición para la seguridad y la estabilidad global.


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