
Una nueva era para el cemento: startup alemana apuesta por mineralizar CO₂ y convertirlo en materiales de construcción
Bioeconomia.info
Cada ciudad moderna, cada puente, cada edificio de hormigón encierra una paradoja silenciosa. El cemento, columna vertebral de la infraestructura contemporánea, es también uno de los mayores contribuyentes individuales al calentamiento global. La combinación de procesos químicos inevitables y un consumo energético intensivo hace que la producción de cemento represente alrededor del ocho por ciento de las emisiones globales de dióxido de carbono. A medida que los mercados de carbono van ganando terreno y los precios del CO₂ alcanzan valores récord, el sector se enfrenta a un dilema estructural: cómo seguir construyendo sin seguir calentando el planeta.
A esta presión climática se suma otra menos visible pero igualmente crítica. Durante décadas, la industria del cemento se apoyó en materiales cementicios suplementarios como las cenizas volantes del carbón o las escorias de alto horno para reducir el contenido de clínker y, con ello, las emisiones. Sin embargo, el abandono progresivo del carbón y la transformación de la industria siderúrgica están volviendo escasos y costosos estos insumos. En algunos mercados, el precio de la ceniza volante se multiplicó varias veces en apenas dos años, tensionando aún más la ecuación económica del sector.
De residuo gaseoso a material de construcción
Es en ese cruce de urgencias donde aparece la propuesta de Co-reactive, una start-up climática fundada en 2024 en Renania del Norte-Westfalia y con sede en Düsseldorf. Lejos de concebir el CO₂ solo como un problema a capturar y almacenar, la empresa lo trata como un insumo industrial con valor propio. Su tecnología se basa en un proceso continuo de mineralización que combina dióxido de carbono con minerales naturales ricos en magnesio o calcio, como la olivina, o con subproductos industriales como las escorias metalúrgicas de hornos eléctricos y convertidores básicos al oxígeno.
El resultado de esta reacción no es un simple residuo estabilizado, sino materiales cementicios suplementarios de alto desempeño, conocidos como CO-SCMs, capaces de mejorar la resistencia a la compresión y la durabilidad del cemento final. Al mismo tiempo, estos materiales permiten reducir de forma significativa el contenido de clínker, el componente más intensivo en carbono del cemento. La ecuación es doblemente atractiva: menos emisiones y mejores prestaciones técnicas.
Una tecnología pensada para la industria real
Uno de los rasgos distintivos de la propuesta de Co-reactive es su enfoque pragmático. La solución fue diseñada como una tecnología “drop-in”, es decir, pensada para integrarse en procesos industriales existentes sin exigir una reconversión total de las plantas. Esto abre la puerta a una adopción más rápida en un sector históricamente conservador y con activos de muy largo plazo.
La empresa trabaja a lo largo de toda la cadena de valor, desde proveedores de CO₂ y materias primas hasta productores de cemento y hormigón, además de organismos de certificación. El objetivo es claro: pasar del laboratorio a la industria pesada sin perder control sobre la calidad, la trazabilidad del carbono ni la viabilidad económica.
La ronda seed y los actores que apuestan por el cambio
Este enfoque fue clave para cerrar una ronda de financiación seed por 6,5 millones de euros, liderada por HTGF, uno de los fondos de capital semilla más activos de Alemania y Europa. A la ronda se sumaron NRW.Bank, HBG Ventures, AFI Ventures, Evercurious VC y una red de business angels especializados en tecnologías climáticas. En paralelo, la compañía recibe apoyo público a través de programas como el Federal Funding for Industry and Climate del Ministerio Federal de Economía y Energía de Alemania.
Para Andreas Bremen, cofundador y CEO de la empresa, la financiación es apenas un medio para un fin más ambicioso. “La financiación y la investigación científica son la base, pero la transformación real solo ocurre a través de la acción empresarial”, sostiene. Según Bremen, el respaldo de los inversores permitirá demostrar el rendimiento de la tecnología en una planta de demostración de mil toneladas anuales y preparar el despliegue a gran escala junto a socios industriales.
Desde el lado inversor, Anna Stetter, investment manager de HTGF, remarca que la industria de la construcción atraviesa un punto de inflexión. La escasez y el encarecimiento de los materiales cementicios tradicionales abren una ventana para alternativas escalables, capaces de integrarse en procesos existentes y con una huella de carbono negativa. En ese contexto, la combinación de economía de escala, conocimiento en mineralización y experiencia en ingeniería de plantas posiciona a Co-reactive como un actor con potencial transformador.
Del piloto al impacto industrial
Con los fondos obtenidos, la empresa planea escalar sus operaciones de laboratorio y piloto hacia una planta de demostración continua con capacidad cercana a las mil toneladas anuales a partir del segundo trimestre de 2026. En paralelo, ya trabaja con socios industriales en el diseño de las primeras plantas “first-of-a-kind”, con capacidades de decenas de miles de toneladas, que a partir de 2027 podrían mineralizar flujos de CO₂ biogénico o de proceso directamente en plantas de cemento y acero.
La ambición final va más allá de un puñado de proyectos emblemáticos. Co-reactive proyecta instalaciones industriales en el rango de las 100 a 300 kilotoneladas, capaces de operar como piezas estándar dentro de la infraestructura pesada existente. Si el modelo se consolida, el CO₂ dejaría de ser un pasivo regulatorio para convertirse en un insumo estratégico de la construcción del futuro.
Un nuevo capítulo para la química del cemento
En un mundo que necesita construir más infraestructura y, al mismo tiempo, emitir menos carbono, soluciones como la de Co-reactive apuntan a reconciliar dos objetivos históricamente enfrentados. Al fijar químicamente el CO₂ en materiales durables y de alto rendimiento, la mineralización deja de ser solo una estrategia de mitigación para convertirse en una herramienta productiva.
La apuesta es arriesgada, como toda innovación en industrias pesadas, pero también inevitable. Si el cemento va a seguir siendo el esqueleto de las ciudades del mañana, su química tendrá que cambiar. Y en ese cambio, el dióxido de carbono podría pasar de enemigo invisible a aliado mineral.


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