
El clientelismo político

Ilustración:
Viñeta de la revista La Flaca
Se trataba de una fórmula muy extendida en aquella época y que articulaba las relaciones sociales de poder de los patricios hacia otros grupos o sectores sociales y familiares.
La siguiente etapa de estas relaciones se dio con el feudalismo y el desarrollo del servilismo. En el primer caso, estarían las relaciones de vasallaje entre personas libres, pero que disfrutaban de distinta posición social. Esto afectaba a reyes, príncipes, nobles y caballeros. A cambio de fidelidad y ayuda militar se otorgaba un feudo, todo consagrado en las ceremonias del homenaje. En el segundo caso, la dependencia era entre un señor y un siervo, es decir, entre una persona libre, y otra no libre, aunque no en régimen de esclavitud, sino de fuerte dependencia personal y sujeción a un espacio determinado. El segundo prometía fidelidad y el pago de rentas y otros tributos (monetarios o en especie), así como prestaciones de trabajo personal al primero, y éste protegía al segundo en una clara época de inseguridad, además de proporcionarle una tierra para sustentarse con su familia. Cuando el régimen de servidumbre decayó en Europa Occidental con la crisis bajomedieval pasó a extenderse a un grado superior, por su generalización, en la Europa oriental, no desapareciendo hasta la segunda mitad del siglo XIX.
En la época moderna, el clientelismo tuvo otro momento de esplendor, en otro contexto, y especialmente con el triunfo de los validos, favoritos o privados cerca de los monarcas del siglo XVII, ya que que tejían complejas redes clientelares en los resortes de poder de la Corte y de la Administración del Estado para controlarlos, emprendiendo verdaderas batallas incruentas entre clanes y “familiares” de dichos validos. El patrón, ya fuera el rey, ya un noble, dispensaba gracias, prebendas, privilegios y protección a cambio de fidelidad y obediencia. En este sentido, en España fue paradigmático el siglo de los Austrias Menores, con personajes tan relevantes como el duque de Lerma o el conde-duque de Olivares. El clientelismo tuvo que ver, también, con el nepotismo papal.
En fin, estamos tratando con un sistema de relaciones basado en la dependencia personal. El sistema liberal y luego democrático habrían terminado, en principio, con estas relaciones de dependencia, ya que los políticos y funcionarios debían y deben ser leales a las instituciones y al derecho desde la Constitución hasta el más mínimo reglamento que pueda desarrollar sus funciones, independientemente de quien desempeñe temporalmente el ejercicio del poder, ya sea por elección, ya por designación.
Pero el clientelismo consiguió colarse en la época contemporánea, adaptándose a las nuevas circunstancias y derivando hacia la corrupción. En la España decimonónica el poder se desarrollaba a través de redes clientelares, que eran las que organizaban los partidos políticos de la época, formados por personajes que dependían unos de otros desde el centro del poder hasta las provincias y municipios, donde se situaba la importante figura del cacique, dispensador de prebendas y sinecuras a cambio de la fidelidad electoral. La España de la Restauración borbónica es un ejemplo de renovadas relaciones de dependencia personal del poder que socavaban los principios teóricos impersonales del sistema político constitucional. Supusieron una remora que solamente se pudo ir minando avanzado el siglo XX.
En el franquismo se vivió otra época dorada de clientelismo político asociado claramente a la corrupción institucionalizada y al reparto del poder entre las familias del régimen. Pero nuestra democracia no se ha visto libre del clientelismo político. Han existido y existen relaciones clientelares en niveles locales y regionales que han permitido el mantenimiento en el poder de algunos políticos al dispensar modernas gracias como empleos y cargos en los partidos y en distintos niveles de la administración, contratos sustanciosos, licencias de obra, etc.. a cambio de movilizar votos y voluntades.


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